4.2.16

Versus: El Gallo de Oro

Hay una norma no escrita, en la que los grandes literatos latinoamericanos suelen tener adaptaciones realmente pobres en el cine. Casos sobran: Gabriel García Márquez, José Saramago y, de una forma aún más dramática, Juan Rulfo.

Las adaptaciones de su magistral novela Pedro Páramo, hechas con mayor o menor fortuna y distancia a la obra en la que se supone se basan, siempre fueron rechazadas por el creativo jalisciense. La misma suerte corrieron las versiones para la pantalla grande de cuentos como Talpa, Diles que No Me Maten, No Oyes Ladrar los Perros y El Despojo, por mencionar algunas.

Y es que la tentación de llevar al cine la obra del escritor mexicano más importante del último siglo es muy fuerte. Pero ya sea por la complejidad de sus personajes, su narrativa o la forma en la que plantea sus conflictos, esto a menudo ha probado ser imposible.

Uno de los fracasos más notables se puede percibir en El Gallo de Oro, novela conocida también como De la Nada a la Nada y donde Rulfo plantea el carácter circular de la fortuna a través de la visión de un hombre pobre, cuyo arco dramático lo lleva de la pobreza a la riqueza en un viaje redondo.

Ambientada en ferias realizadas en pueblos polvorientos donde la única emoción en el año son las peleas de gallos y los juegos de azar, la novela ofrece un relato aleccionador sobre los riesgos que se corren en estos sitios y cómo, a pesar de que la suerte -o las trampas- pueden sonreír, el final siempre es trágico.

Este relato, confundido bajo la etiqueta de argumento para cine, ha sido adaptado dos veces a la pantalla grande en México y otro par de veces en forma de telenovela en Colombia, todas ellas con fortuna cuestionable. A continuación intentaremos analizar las adaptaciones cinematográficas y las licencias -algunas excesivas- que se tomaron con relación al texto original.

EL GIRO: EL GALLO DE ORO

El primer escrito que documenta la historia de El Gallo de Oro data de 1959, cuando Rulfo registró su 'argumento para cine', aunque los estudiosos del escritor tapatío señalan que, muy probablemente, la narración comenzó a escribirse durante el rodaje de La Escondida, en 1956, cuando Rulfo fue invitado por el productor Manuel Barbachano Ponce para presenciar el proceso.

Fue a través de la propia productora de Barbachano Ponce, Clasa Films, que este argumento llegó por fin a la pantalla grande, aunque hasta 1964. En el papel, el largometraje no podía tener mejor equipo: el argumento original de Juan Rulfo tendría como adaptadores a Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez; la dirección correría a cargo de Roberto Gavaldón quien, tras la nominación al Óscar de su Macario (1961), había cobrado notoriedad internacional; la fotografía estaba a cargo del legendario Gabriel Figueroa y en el reparto figuraban los nombres de estrellas como Ignacio López Tarso, Narciso Busquets y Enrique Lucero, quien había interpretado a la Muerte en la legendaria obra anterior de Gavaldón.

Quizá fue la reunión de tanto talento -y, desde luego, tanto ego-, lo que no permitió que esta adaptación llegara a buen puerto. En una entrevista posterior, García Márquez apuntó que el argumento constaba sólo de 12 hojas, en papel de seda muy frágil y casi ilegible. La realidad es que tanto él como Fuentes se tomaron demasiadas libertades literarias con respecto al original, lo que derivó en una obra que, salvo algunos detalles y los nombres de los protagonistas, poco tiene que ver con el texto rulfiano.

Partes importantes de la novela, como la relación de Dionisio Pinzón, el protagonista, con su madre y los habitantes del pueblo en que vivía; su propia discapacidad física y la relación posterior tanto con Lorenzo Benavides como con Bernarda Cutiño, la Caponera, fueron mutiladas por los escritores para dar paso a una historia costumbrista y hasta palomera.

Sin embargo, los problemas no acabaron allí. Inmerso en una corriente folclorista del cine nacional cuyo mayor representante sería Emilio 'Indio' Fernández, Roberto Gavaldón optó por darle a sus escenarios un aire siempre festivo, de postal, a un entorno concebido como pobre, sucio y, más allá de eso, miserable.

Luego, la preciosista fotografía de Figueroa, con los planos abiertos donde se aprecia la Peña de Bernal, el juego y la belleza tanto de animales como de Lucha Villa, pletórica como Bernarda Cutiño, nada tiene que ver con el pesimismo que impregna a casi toda la obra de Rulfo. Para rematar, la interpretación de López Tarso de Dionisio Pinzón es inverosímil y plana, sin evidenciar la evolución del personaje relatada en el libro.

Sin embargo, si pasamos por alto arbitrariamente la fuente de la que abreva la cinta, es un largometraje notable. Todos los errores comentados se tornan aciertos: los paisajes saturados de Figueroa, los dichos de la Caponera e incluso la anécdota misma, trunca y todo, hacen entretenido un largometraje que, a pesar de su condición de cine de arte, suele programarse en televisión con obras de mucho menor manufactura y profundidad.

Aunque de postal, el retrato de las carreras de caballos, las peleas de gallos y las apuestas, con una carga de tensión mostrada con sutiles metáforas, como la ruptura de nueces de Castilla, se combinan para una película llena de canciones tradicionales y buenas actuaciones. Una fiesta, pues.

Mención aparte merecen Lucha Villa y Narciso Busquets, quienes interpretan a Bernarda Cutiño y Lorenzo Benavides, respectivamente. Su apropiación de los personajes es perfecta: mientras ella es dicharachera y de carácter fuerte, totalmente independiente; él es el altivo 'hombre alteño' que se imaginó Rulfo: elegante, imponente. Incluso la fallida interpretación de López Tarso se ve influenciada por su fuerza, no dejando lugar a dudas sobre quién es el hombre responsable de su suerte.

Así, como una obra independiente que coincide con el universo rulfiano de forma tangencial y fortuita, El Gallo de Oro es un bien logrado ejemplo del cine folclorista que tanto gustó durante las décadas de los 60 y 70, y que se fue degradando hasta llegar al cine de corridos, protagonizado ampliamente tanto por Vicente Fernández como por Antonio Aguilar. Como adaptación, es el lamentable resultado de una obra corta pasada por el tamiz del ego de dos escritores en ciernes para la época.

EL COLORADO: EL IMPERIO DE LA FORTUNA

Pocas historias como ésta podrían pensarse como hechas a la medida de un cineasta. Y sin embargo, se podría decir que el único director mexicano capaz de igualar el ambiente sórdido planteado por Rulfo fue Arturo Ripstein.

Y es que la adaptación escrita por Alicia Garciadiego de la novela para su cinta El Imperio de la Fortuna, no sólo rescata el tono miserable de la novela, sino que lo lleva a un grado supremo al no aportar un sólo personaje entrañable.

Estrenada a pocos meses de la muerte de Juan Rulfo, en 1986, esta cinta retoma algunos de los diálogos apuntados en el texto original, por lo que se puede considerar la adaptación más fiel del mismo.

Pero va más allá: la forma en que Ripstein retrata al personaje principal -Ernesto Gómez Cruz en una de las interpretaciones cumbre de su carrera- y su entorno, la ambición desmedida que siente desde el principio y le hace perder a su madre y la forma altiva en la que vuelve al pueblo, son totalmente fieles al espíritu de la novela.

En el mundo ripsteniano no hay espacio para la alegría retratada en El Gallo de Oro: aquí las ferias son polvorientas reuniones de tahúres y amarradores de gallos, de triquiñuelas y estratagemas que se saben y se callan, puesto que todos las hacen.

Lamentablemente, la cinta cae de forma deplorable debido, en buena medida, a la actuación de Blanca Guerra como La Caponera. En la novela, se trata de una mujer altiva y muy bella, cuidadosa de su apariencia, mientras que Guerra encarna a una escuálida caricatura que no se caracteriza ni por su fuerza ni por su vigor, sino por sus aullidos y locura creciente.

Otro detalle es la encarnación de Lorenzo Benavides, como un anciano cojo y sin ningún tipo de garbo. No es el personaje imponente de Rulfo, es sólo alguien más que sigue el mismo fado: también lo pierde todo.

El exceso se hace evidente en la cinta, como en la mayoría de los guiones de Garciadiego: desde la escena de sexo povera que se realiza en la bodega entre Cutiño y Pinzón, hasta el vestuario del gallero al final de la cinta, más propio de un punk de los suburbios de la Ciudad, además de diálogos ininteligibles en los que sólo se advierten las maldiciones entre los jugadores, hace que la cinta se vuelva prácticamente ininteligible hacia la segunda mitad.

Con todo, la proyección del universo rulfiano en El Imperio de la Fortuna es mucho más cercano a la obra y, a veces, eso es todo lo que cuenta.

¡ABRAN LAS PUERTAS!

La relación de Juan Rulfo con el cine, además de tormentosa, fue realmente importante para el escritor.

Por principio de cuentas, hay que recordar que Rulfo fue un gran fotógrafo. En su acervo se cuentan más de mil imágenes, sobre todo de ambientes posrevolucionarios y rurales.

Otro valor importante es que Rulfo, en numerosas entrevistas, señaló que la estructura en la que está hecha Pedro Páramo, su obra más reconocida, se inspira en la manera en la que Orson Welles creó su Ciudadano Kane. Un dato más: se dice que el literato consiguió el cargo de inspector cinematográfico en Guadalajara, lo que alimentó aún más su cinefilia.

Se suele reconocer, oficialmente, que el acercamiento de Rulfo con el Séptimo Arte se dio sólo en ocho ocasiones, algunas de ellas a través de sus novelas Pedro Páramo y El Gallo de Oro, de cuentos de su Llano en Llamas e incluso como asesor histórico, como fue el caso de La Escondida, cinta de Emilio 'Indio' Fernández.

Con todo, Rulfo sólo presumía su colaboración en el mediometraje La Fórmula Secreta, de Rubén Gámez, con el que ganó el primer concurso de cine experimental realizado en México. Un poema cargado de coraje, y leído en la cinta por Jaime Sabines, fue toda la satisfacción que obtuvo el escritor en su aventura en el cine.

Más allá de esto, las adaptaciones de sus obras -con todas las fallas que pudieran tener, y muchas veces avaladas más por la fama del propio Rulfo y algunos realizadores- cosecharon decenas de premios: de hecho El Gallo de Oro, con cuatro arieles, y El Imperio de la Fortuna, con 12 -incluyendo uno para el escritor al Mejor argumento original- fueron sus cintas más exitosas.

Juan Rulfo sigue siendo el escritor más importante del siglo pasado. Un escritor que sigue esperando la decente adaptación de su universo.

... Y OTRA MÁS

Es difícil pensar la forma en la que tres pedazos de un rompecabezas, creados por mentes distintas en tiempos diferentes, pueden coincidir.

Como crítico, considero que la fortuna de El Gallo de Oro ha sido muy dispar, sus adaptaciones no del todo afortunadas y, al fin, víctima de un olvido relativamente injusto. Considero esto por el hecho de ser la segunda novela que publicó Rulfo, quien no se destacó por la copiosidad de su obra.

Si hubiera una forma de mezclar los proyectos, retomaría el guión de Paz Alicia Garciadiego y los paisajes elegidos por Arturo Ripstein, pero retratados por Gabriel Figueroa. A ello agregaría algunos diálogos -mínimos- de García Márquez, y los roles principales estarían a cargo de Ernesto Gómez Cruz, Narciso Busquets y Lucha Villa.

Creo que de esa forma se podría realizar un homenaje decente a la visión de la pobreza y la forma en que la suerte juega con las ilusiones de los desfavorecidos plasmada por Juan Rulfo en esta obra, si bien menor, mayor a muchas otras que se han escrito en el México contemporáneo.

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